diumenge, 19 de desembre de 2010

...y para eso había escogido a X entre todas las mujeres, para morir amando, y por eso era incapaz de verla, de entrar en su portal, de besarla, de acostarse con ella, de llevarla a una fiesta cogida de la mano, porque lo contrario no es morir amando, lo contrario es amar como ama todo el mundo, entrar, besar, follar, mentir. ¡Ni siquiera lo llaman amor!, pensó en voz alta. ¡Lo llaman relaciones! ¡Pues bien, que se relacionen entre ellos y me dejen a mí en paz!


Estaba más que harto de este mundo y de todas sus absurdas simplificaciones, de hecho era consciente de que su error había sido siempre invadir vidas ajenas, filtrarse en la vida de mujeres que tarde o temprano terminarían por excluirle, por la sencilla razón de que el tamaño de su aportación resultaría siempre insuficiente, por más que él lo considere siempre exagerado, casi desproporcionado. Se tenía demasiada estima. No podía reclamarle al adorable y cruel mundo real una comprensión que él mismo se había negado a dar.

Y decidió que finalmente se pondría en pie, pero no justo ahora. Tal vez mañana, con un poco más de fuerza, un poco más de coraje, tal vez ayudado por un buen desayuno.


Y por qué no morir, finalmente, amando. ¿Hay mejor ocupación? ¿Existe acaso una manera mejor de pasar el tiempo, de recorrer ciudades, de darle su sentido a cada plato de sopa? ¿Con qué corazón iba a querer sino con el suyo? ¿Para que enterrar a los muertos, si sus nombres permanecen firmes sobre la tierra del cementerio?

De lo perdido que no se olvide nada. El hombre que muere no conserva derecho alguno sobre el hombre que ha vivido. Algún día no le quedaría más remedio que ser un animal muy distinto.


- ¿Me quiere?
- No lo sé...
- Tita, respóndeme.
- Te he dicho que no lo sé, déjame pensarlo...
- ¿Cómo vas a pensarlo? El amor no se piensa, se siente o no se siente.


"Ven, ¡lejos de mi!"

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