dimecres, 6 d’abril de 2011

17 años sin Kurt Cobain

Si uno dice que la voz de una generación fue un rockero desgarbado que tocaba canciones cortas y casi siempre muy sencillas, ellos probablemente se enfadarán. Dirán que no se identifican con él, que qué va. Tampoco propondrán otro nombre porque no lo hay. Porque mientras tanto ellos escuchan la música de la radio y ya ni siquiera la recuerdan y si la recuerdan no quieren escucharla más. Es tiempo pasado. Han madurado. Ya no están para esas cosas ni para ninguna otra.

Pero pregúntale a cualquiera de nosotros y verás que estamos “locos” por Nirvana. Cuando empezamos a escucharlos tratábamos de saber todas las canciones (con esas canciones aprendimos a “hablar” inglés) y buena parte de nuestras conversaciones se dedicaban a un juego de trivial sobre la banda. Por eso no olvidamos. Por eso recordamos palabras como “Aberdeen” (el pueblo donde, hijo de una secretaria y un mecánico, nació Cobain el 20 de febrero de 1967), “Whiskah” (el río donde hay un puente que fue la casa de Kurt cuando a los doce años empezó sus correrías de adolescente perdido).









Por eso sabemos que en 1985, Kurt dio con Krist Novoselic, un muchacho de origen croata con el que cuatro años después sacaría Bleach, un álbum oscuro que parecía mezcla de Sex Pistols y Black Sabbath, y seis años después, le daría vuelta al Rock ’n’ Roll y con el que seguiría tocando por el resto de su vida.

Esa revolución, la última gran revolución de la música hasta ahora, tiene fecha propia, 24 de septiembre de 1991. Ese día fue lanzado Nevermind un álbum de doce canciones (todos nosotros te las podemos decir en orden y te podemos decir que el bebé que nada tras un billete de dólar se llama Spencer Elden) donde, junto al baterista David Grohl, Cobain y Novoselic, demostraron que existía otra manera de hacer Rock, que también se podía hacer música sencilla y honesta en medio de un panorama dominado hasta entonces por cantantes bien parecidos, mega-virtuosos de la guitarra y demasiadas rubias voluptuosas en convertibles rojos. 



De un día para otro su trabajo fue reconocido y Kurt Cobain, un tipo a la larga débil y sensible, lo tenía todo y si él lo tenía todo cualquiera podía tenerlo. Sólo que tenerlo todo es no estar alegre. Pero la música de Kurt y eso que se nos notara la soledad y la falta de alegría y entonces supimos que en cada barrio, en cada colegio, éramos varios. Por eso lo queremos tanto, por que fue la voz que nos hizo encontrar a nuestros amigos, a nuestro pequeño grupo que, como dice la canción, siempre ha sido y siempre será hasta el final, porque con Nirvana creamos un código que nos sirvió para armar parches y porque uno con los amigos, a la larga sufre menos y sonríe más. “Estoy feliz porque encontré a mis amigos” dice Lithium y esa es una frase incuestionable. 





Pero el salvador nunca se salva. Todos sabíamos que Kurt sufría, que la úlcera se lo estaba tragando, que tenía problemas con su adorada Courtney. Todos sabíamos que Kurt estaba llorando mucho y por eso todos lloramos cuando pensamos en el 8 de abril del 94 cuando el electricista que iba a reparar la alarma lo encontró muerto en su casa de Seattle.

Gary Smith (el electricista), 27 años (la edad de Kurt) Frances Bean (su hija, que ya debe tener 18 años) , In my life (la canción de los Beatles que más le gustaba a Kurt) ; podríamos seguir diciendo datos por horas, pero es mejor reunirse con los amigos y colocar los discos de Nirvana y recordar, más bien, los hechos de esos tiempos.

Nos dijeron, por supuesto, que el grunge era una moda, que vendrían otros como Kurt, que un par de meses después ya no nos emocionaríamos al escuchar los inconfundibles acordes que dan inicio a “Smells like teen spirit”. Estaban equivocados. Van 17 años desde entonces. Ellos siempre se equivocan. 


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